jueves, 28 de octubre de 2010

El Chino Valera Mora


El 20 de septiembre, vino al mundo Víctor Valera Mora (1935-1984), uno de los más singulares poetas venezolanos y uno de los más desenfadados que haya producido la lengua. Mejor conocido como El Chino Valera Mora, su poesia son balas furibundas y despiadas hacia los cerebros poseidos por la estupides, y a la vez dulces frases para seguir en la lucha, para no rendirnos ni pacificarnos... como dijo Manuel Bermúdez sobre el Chino “De todos los poetas contestatarios, ha sido Víctor Valera Mora el que ha nutrido más a la Revolución con su palabra, sin cobrarle un centavo, ni mucho menos vivir a costa de ella”... Tus versos que nunca fueron tuyos sino de todos resuenan mas que nunca. Salud Compañero!!!
NUESTRO OFICIO
Por este empecinamiento del corazón en hacerse horizonte por completo:
nosotros, que hemos participado en los grandes acontecimeintos históricos,
que hemos ayudado en lo construidoaún con un poco de tristeza,
digamos casi mucha.
Guardamostoda nuestra radiante alegría para lo que construiremos cuando el pueblo llegue.
Podemos caer abatidos por las balas más crueles y siempre tenemos sucesor:
el niño que estremece las hambres consteladas agitando feroz su primer verso.
O el otro, el de la disyuntiva,que no sabe si hacerse flechero de nubes
o escudero del viento.
Jamás la canción tuvo punto final.
Siempre deja una brecha, una rendija,
algo así, como un hilito que sale,
donde el poeta venidero puedair halando,
ir halando, ir halando,halando hasta el mañana.
Nosotros, los poetas del pueblo,cantamos por mil años y más...

Discurso de Bakunin en el congreso de la AIT

—Compañeros de la Asociación Internacional de Trabajadores: Estoy verdaderamente abrumado ante las reformas innumerables con que por una parte los honrados campesinos defienden el efecto de su trabajo con ayuda de mutualidades y de un crédito gratuito que de forma tan desinteresada como sorprendente obtendrán de bancos públicos. Además me admira que consideren a la familia como base esencial de la sociedad, a la propiedad individual de la tierra y la herencia como su condición, y al trabajo de la mujer como destructor de la vida doméstica.
—Todavía contemplo con mayor asombro los razonamientos que el delegado Eccarius, en nombre y representación del Señor Marx, –que por cierto no se ha dignado estar presente en ningún Congreso obrero alejado de su feudo de Londres– adelanta en favor, no de la familia ni de una cooperativa, sino del mismo Estado, que en poder de los trabajadores, se hará dueño de la tierra y de todos los medios de producción para repartir el efecto del trabajo colectivo entre los miembros de la sociedad.
—Dejando de lado todas estas complicaciones, los anarquistas estimamos que a la hora de encontrar remedio a los males y de conseguir la felicidad del género humano, no hace falta establecer nuevas leyes e instituciones, sino sencillamente abolir todas las existentes. Sólo de esta forma los hombres, uniéndonos libremente en federaciones cada vez más amplias, podremos construir nuestro destino social, sin interferencias de ningún poder artificial extraño, grande o pequeño, natural o sobrenatural.
—Confieso mi profunda admiración por el señor Proudhon, que al construir su sistema económico se atrevió a dejar fuera de juego al Estado, demostrando su autoritarismo y su impotencia, y sustituyéndolo, aunque sólo sea en un acto genial de imaginación, por comunidades campesinas familiares y por mutualidades independientes de cualquier poder centralizado. Pero es preciso llevar su programa político hasta sus últimas consecuencias para conseguir la libertad absoluta de los hombres y hacer de ella el principio de cualquier sociedad del futuro.
—De esta forma queremos la abolición de la familia jurídica y del matrimonio, tanto eclesiástico como civil, del que se deriva necesariamente el derecho a la herencia. Queremos también la igualación de los derechos políticos y socioeconómicos de las mujeres y los hombres, y queremos que la tierra pertenezca a las comunidades agrícolas que la trabajen y el capital y los instrumentos de producción a los obreros, unidos en asociación.
—Queremos sobre todo que desaparezca el Estado y el principio de autoridad sobre el que se apoya, y con él todas las instituciones eclesiásticas, políticas, militares, burocráticas, jurídicas, académicas, financieras, económicas y cualquier otra que inventase el inagotable ingenio del hombre. Queremos la autonomía absoluta de cada individuo, cada federación de trabajadores, cada asociación de federaciones, y cada pueblo para ser lo que quiera ser, organizándose desde abajo hacia arriba de acuerdo con el principio intocable de la libertad.
—Ya me doy cuenta de que todas estas aspiraciones de los anarquistas van a sonar como una descarga de pólvora en los oídos del señor Marx, esposo ejemplar de una aristócrata de muy buena familia, padre amantísimo de sus tres hijas y sobre todo profesor de filosofía, dispuesto a enseñar su doctrina infalible a esta serie de infelices obreros, por quienes seguramente siente el más profundo desprecio. Pero a pesar de todo debe escucharme sin perder la paciencia, por muy desagradables que sean mis pretensiones de anteponer la experiencia revolucionaria a cualquier sistema científico excluyente y definitivo.
—Según el programa expuesto por el señor Marx en el primer Manifiesto Comunista, publicado hace ya más de veinte años, la primera obligación del proletariado obrero es conquistar el poder político y crear un nuevo Estado popular, regido de acuerdo con los principios de lo que solemnemente llama el centralismo democrático. Hasta tal punto que por medio de su inmensa tramoya jurídica intervendrá en la vida individual y colectiva, suprimiendo la espontaneidad de sus desgraciados súbditos y determinando su forma de ser y de pensar.
—En cambio nosotros repetimos lo que ya hemos dicho en Berna ante la Liga por la Paz. Aborrecemos al comunismo porque es la negación de la libertad y no podemos concebir ni un pensamiento, ni un acto verdaderamente humano sin libertad. No somos comunistas porque el comunismo aspira a absorber todos los poderes de la sociedad en el Estado, que de esta forma centraliza inevitablemente en sus manos toda la propiedad. Nosotros queremos la desaparición del principio de autoridad y la abolición completa y sin marcha atrás del Estado, que con el pretexto de realizar la moral de los hombres, no ha hecho otra cosa que oprimirlos y explotarlos, manteniéndolos en la miserable condición de esclavos.
—Pero no os preocupéis, compañeros, el señor Marx y la escasa camarilla que le sigue, nos ofrece el consuelo de que el Estado –su Estado– estará dirigido por una minoría privilegiada de ilustrados, que impondrán su ley al resto de la población ignorante. Además esa minoría que por un acto pretendidamente revolucionario y gracias a su disciplina y a su organización jerárquica habrá conseguido desplazar del poder a la burguesía, se compondrá de trabajadores.
—Ciertamente tiene razón, esos déspotas novicios van a ser, no sólo trabajadores, sino antiguos trabajadores, que en el momento de pisar las alfombras de los despachos del nuevo Estado se olvidarán de su vieja condición, convirtiéndose en los más altos funcionarios y mirando desde arriba a los obreros de la ciudad o del campo. Y yo os digo que en ese mismo momento ya no forman parte del pueblo, ni siquiera lo representan, pues se representan a sí mismos y a su ambición de poder.
—De acuerdo con la doctrina del señor Marx, la revolución no debe abolir al Estado, sino fortalecerlo al máximo, entregándolo a sus guardianes y maestros, los dirigentes del partido comunista, que concentrarán todos los poderes del gobierno en sus manos. Crearán un banco estatal único, nacionalizarán toda la producción industrial, comercial y agrícola y crearán una nueva clase privilegiada de ingenieros estatales. Quien crea que las cosas no han de ser así, a pesar de su ciencia, demuestra un desconocimiento total de la naturaleza humana.
—Hasta tal punto el señor Marx es consciente de las contradicciones de su programa político que ya en el mismo Manifiesto concede que la dictadura de la clase obrera es un momento transitorio aunque necesario de la revolución. A medida que la sociedad, férreamente gobernada por sus nuevos dueños, acreciente a la vez la producción y el consumo de bienes infinitos, ya no será necesaria una legislación imperativa que los reparta y el Estado se irá disolviendo hasta desaparecer. Así que la dictadura comunista es el medio y el anarquismo el fin de su acción.
—Deberíamos estar orgullosos de que un adversario dialéctico tan temible como el señor Marx esté de acuerdo con nosotros en el objetivo final, pero de ninguna manera podemos avalar el disparatado sistema con el que pretende alcanzar ese objetivo. Si hacemos caso a sus sabias enseñanzas resultaría que para liberar totalmente a un pueblo la mejor solución es tenerlo del todo esclavizado. Pero la dictadura de cualquier clase social, y mucho más la de una casta de funcionarios públicos, no puede tener otra aspiración que perpetuarse a sí misma, negando para siempre la libertad de sus súbditos.
—Que en esta circunstancia el Estado derive nada menos que a una sociedad anarquista, que baje Dios y lo vea, en caso de que Dios pueda bajar todavía más abajo de donde ahora está. Una idea tan disparatada sólo puede ser producto de la mente de un filósofo alemán, obediente discípulo del estatista Hegel –aunque ahora quiera renegar de su antiguo maestro– que además tiene la pretensión de pertenecer al pueblo elegido.
—Ya estoy oyendo al señor Eccarius, dirigiendo contra nosotros la temible acusación de utópicos. Es posible, pero nuestra utopía será en todo caso una constante e interminable aspiración a la libertad de cada uno y a la fraternidad universal y será también la negación de cualquier sistema y de cualquier poder, mucho más el poder despótico de un Estado, sean quienes sean sus representantes. Sin nosotros será inevitable la dominación de los teólogos, los militares, los burgueses, o los burócratas, pero bastará la existencia de un compañero anarquista, de uno solo, para que se mantenga en el mundo la esperanza de la libertad.
—El proceso histórico por el que los marxistas avanzan por pasos sucesivos hacia la liberación de la humanidad en una sociedad sin clases es también una utopía, pero el peligro de estas utopías graduales es que a veces se realizan parcialmente. Y sería una catástrofe, pero una catástrofe inevitable, que la anunciada revolución llevase a los proletarios al poder y se enquistase en un Estado real, pero tan aborrecible o más que todas las formas de dominación del pasado. La utopía milenarista es, señor Eccarius, positiva, y por eso mismo la más temible y contradictoria de todas.
—Pero lo que todavía es más extravagante y más utópico es el respeto a todos los Estados actuales, que por definición son naciones y la pretensión de que a su lado exista una Asociación Internacional. Y os aseguramos que si en un futuro más o menos lejano las ambiciones de los burgueses son causa de una guerra santa entre ejércitos nacionales los trabajadores de cada Estado seguirán fielmente a sus dueños y se atacarán y mutilarán entre sí furiosamente en nombre de un estúpido patriotismo. Sólo quedan dos alternativas: o la abolición del principio de autoridad y la paz universal o la sumisión al poder político en un conflicto interminable y cada vez más sangriento.