martes, 24 de abril de 2012

La Revolución Rusa... La Revolución Desconocida.




Figura destacada de la Revolución Rusa en el campo anarquista, Volin dedicó los últimos años de su exilio francés a la escritura de La revolución desconocida, un libro que sólo vería la luz tras su fallecimiento. El propio título nos aclara ya lo que es su leitmotiv y su objetivo esencial, la revelación de aspectos clave ignorados o tergiversados por la historiografía oficial y que resultan imprescindibles para enjuiciar los acontecimientos de 1917 en Rusia. La revolución desconocida se encuentra disponible en la red para su descarga gratuita. 

Vsévolod Mijáilovich Eijenbaum, que adoptó el nombre de Volin en la lucha revolucionaria, nació en la Rusia central en 1882 y acudió a estudiar a San Petersburgo poco antes de que se desencadenaran los hechos de 1905. Protagonista de éstos, Volin se ve obligado a partir al exilio en 1907, y es en París donde cambia su militancia en el partido Socialista Revolucionario por el anarquismo que ya no abandonaría. Sus dotes de periodista, propagandista y orador fueron esenciales en la organización de este movimiento en Francia y Estados Unidos, pero en 1917 regresa a Rusia para unirse a la revolución. Participa después en el movimiento majnovista de Ucrania y conoce las cárceles de la Cheká moscovita hasta que la intervención de sindicalistas europeos asistentes a un congreso del Profintern consigue cambiar su condena por el exilio. Establecido primero en Berlín y más tarde en París, resulta de nuevo un activista fundamental del anarquismo, aunque a partir de 1926 sus posiciones se apartaron de las de sus viejos compañeros Majnó y Arshínov. Volin murió en París de tuberculosis en 1945. 

La revolución desconocida arranca con un repaso de la historia de los movimientos revolucionarios en la Rusia del XIX, desde la rebelión de las decembristas en 1825. Asistimos así a la irrupción en los años 60 de ese siglo del “nihilismo”, moda filosófica de los jóvenes que defienden una huida de los valores convencionales en nombre de la libertad del individuo, y a la cristalización posterior de estas tendencias en grupos de acción política que buscan la emancipación de las masas tiranizadas y en ocasiones no dudan en acudir a la estrategia terrorista. El comienzo del siglo XX está marcado por la industrialización en algunas áreas y por una intensificación de las actividades revolucionarias contra el feroz absolutismo, aglutinadas en torno a dos tendencias principales: los socialistas democráticos, marxistas, que centran su propaganda en las masas obreras, y los socialistas revolucionarios con más influencia entre los campesinos. En esta época, la guerra ruso-japonesa (1904-1905) y la de 1914-18 son detonante de sucesivos eventos revolucionarios. 

Respecto a los hechos de 1905, son apasionantes las páginas dedicadas a la revuelta en las calles de Petersburgo y al retrato del pope Gapón, su principal protagonista, un agente secreto de la policía que acabó creyéndose imbuido de una misión histórica y liderando el movimiento popular pacífico que desencadenó la tragedia. Volin era un líder destacado de los obreros de la ciudad y su papel fue decisivo en las sangrientas jornadas de enero y también en la constitución ese año del primer soviet en Petrogrado. Nos dice en el libro: “Una tarde surgió entre nosotros la idea de crear un organismo obrero permanente, especie de comité, o más bien consejo, que vigilara el desarrollo de los acontecimientos, sirviera de vínculo entre los obreros todos y, llegado el caso, pudiera reunir en torno a él las fuerzas obreras revolucionarias.” Allí es donde la palabra soviet, que en ruso significa consejo, se pronuncio por primera vez con el sentido que luego alcanzaría un desarrollo tan extraordinario. El organismo fue clausurado por las autoridades para reaparecer en 1917 durante la revolución de febrero. 

Volin se identifica plenamente con la consigna “Todo el poder para los soviets” con la que los bolcheviques asaltan en octubre el palacio de Invierno y desalojan al Gobierno Provisional, pero critica con vehemencia toda la evolución posterior de los hechos. Su postura da lugar en el libro a muchas páginas de sumo interés en las que se conjuga el relato de experiencias personales y reflexiones teóricas sobre la dinámica revolucionaria. En una asamblea de la destilería de petróleo Nóbel, los obreros se sienten capaces de restablecer por sí mismos la producción, y se reproduce la discusión con los emisarios del poder bolchevique que ha decidido cerrar la factoría. Para Volin, existía en Petersburgo una posibilidad real de encauzar los hechos hacia la autogestión en todos los niveles de la sociedad que fue abortada por directrices estatistas. La postura de los anarquistas se expresa en sus publicaciones de aquellos días, que ofrecen continuamente una alternativa a las acciones bolcheviques. Estas publicaciones son citadas extensamente en el libro, y le dan un tono de actualidad que supone uno de sus mayores atractivos. Así en un artículo de Golos Trudá (La voz del trabajo, periódico anarquista de Petrogrado) del 25 de octubre se dice: “Es preciso decidirse a pronunciar la última palabra dictada por la lógica misma de las cosas: no se necesita un poder. En vez de un poder, son las organizaciones unificadas de los trabajadores, obreros y campesinos las que deben dirigir la vida social. Sostenidas por las organizaciones revolucionarias de soldados, estas organizaciones deben, no ayudar a nadie a conquistar el poder, sino posesionarse directamente de la tierra y demás elementos e instrumentos de trabajo, para el establecimiento de un orden económico y social nuevo.” Un editorial de Golos Trudá de la misma época advierte con pesimismo de que “si las masas no son capaces de crear ellas mismas sus propios organismos consagrados a la edificación de la vida nueva, la revolución será ahogada más pronto o más tarde, porque sólo esos organismos pueden conducirla a la victoria definitiva.” Otro artículo resume todo categóricamente: “Donde comienza el poder allí termina la revolución”. 

La estrategia de los bolcheviques esos días era utilizar a los anarquistas como carne de cañón vigilándoles de cerca, pero ya en abril de 1918 se desata en Moscú una persecución abierta. Es entonces cuando Trotsky pronuncia la famosa frase: “¡Al fin el poder soviético barre de Rusia, con escoba de hierro, el anarquismo!” Volin cree ver en estos hechos prefigurados los rasgos esenciales de la represión que Stalin desataría contra los partidarios de Trotsky unos años después y confiesa haber experimentado al conocer esta última “cierto sentimiento de satisfacción ante esa especie de justicia inmanente”. La represión de anarquistas que se desata entonces en toda Rusia es descrita en detalle. Son páginas vehementes en las que Volin relata la persecución de correligionarios y amigos y su propia cárcel y exilio. 

El libro dedica a continuación un extenso capítulo a un retrato crítico del régimen creado en Rusia por los bolcheviques y a los cambios que experimenta en él la situación de obreros y campesinos. También se describe el motor de todo ello, una máquina burocrática en la que “en nombre del gobierno que representa, la alta burocracia manda, dicta, ordena, prescribe, vigila, castiga, persigue; la mediana burocracia y aun la pequeña ejecutan y a su vez mandan, por ser cada funcionario señor en los límites que le han sido asignados. Jerárquicamente, todos son responsables ante sus superiores, y éstos ante otros más altos, y así sucesivamente hasta llegar al funcionario supremo, el grande, el genial, el infalible dictador.” Más allá de delirios hegelianos, la historia es más bien cíclica, y lo que vemos en esta época en Rusia es en realidad una reencarnación del antiguo régimen con una casta dirigente sin banqueros, latifundistas ni obispos, constituida íntegramente por “funcionarios”. 

La conclusión para Volin es clara: “Hablar de una “revolución traicionada” como hace Trotsky es una concepción que choca no sólo con cualquier visión marxista o materialista, sino con el más elemental sentido común. ¿Cómo sería posible tal “traición” después de tan bella y completa victoria revolucionaria? Ésa es la cuestión. Reflexionando sobre ello, examinando de cerca las cosas, el menos iniciado comprenderá que esta pretendida traición no ha caído del cielo; que fue la consecuencia material y rigurosamente lógica del modo como fue conducida la revolución.” En otro fragmento argumenta: “La “traición” fue posible porque las masas laboriosas no reaccionaron contra su preparación ni contra su cumplimiento. Y las masas no reaccionaron porque, totalmente subyugadas por sus nuevos amos, perdieron rápidamente el sentido de la verdadera revolución y todo espíritu de iniciativa, de libre acción, de reacción vital. Maniatadas, sometidas, dominadas, ellas sentían la inutilidad -¿qué digo?- la imposibilidad de toda resistencia. Trotsky participó personalmente en la faena de hacer renacer en las masas este espíritu de ciega obediencia, esta sombría indiferencia ante todo lo que pasa arriba. Y en eso sí tuvieron éxito los jefes. La masa fue aplastada por mucho tiempo. Desde entonces, todas las “traiciones” se hicieron posibles.” 

El libro pasa a describir a continuación, con un cierto detalle, los dos movimientos más importantes que desde una perspectiva libertaria trataron de ofrecer una alternativa al curso de los acontecimientos y fueron ahogados por los bolcheviques: el de los marineros de Kronstadt y el que lideró en Ucrania Néstor Majnó. El primero es presentado como una rebelión democrática de esta base naval próxima a Petrogrado, la principal de la flota rusa, contra la dictadura de los comisarios del pueblo. Kronstadt, bastión revolucionario desde hacía mucho tiempo, tenía su propia idea de lo que significaba la consigna “Todo el poder para los soviets”, que garantizaba para ellos “la independencia de cada localidad, de cada soviet, de cada organismo social en sus respectivos asuntos, en relación al centro político (..) Todos los cuales deberían coordinar su actividad con la de otras organizaciones sobre una base federativa. Igualmente, los asuntos concernientes al país entero debían ser concertados por un centro federativo general.” Aquí también se aporta una amplia documentación recogida en la prensa de la época que nos permite entender el desarrollo del conflicto.
Para Volin: “No hubo revuelta en Kronstadt, en el propio sentido del vocablo. Hubo un movimiento espontáneo y pacífico, absolutamente natural y legítimo en las circunstancias dadas, que mancomunó rápidamente a la ciudad, la guarnición y la flota, pero temblando por su poder, sus puestos y sus privilegios, los bolcheviques forzaron los acontecimientos y obligaron a Kronstadt a aceptar la lucha armada.” En otro lugar señala: “El amor apasionado por la Rusia libre y la ilimitada fe en los verdaderos soviets inspiraron Kronstadt, cuyos habitantes esperaron hasta el último momento ser secundados por toda Rusia, empezando por Petrogrado, para posibilitar así la total liberación del país.” El acto final de la tragedia es bien conocido. El movimiento es ahogado en sangre con una crueldad inaudita. La NEP que es proclamada poco después y supone una cierta tregua en la deriva totalitaria, significa para Volin en realidad “una desnaturalización del verdadero sentido de la libertad exigida por los rebeldes de Kronstadt, que sustituye la libre actividad creativa de las masas laboriosas que hubiera permitido la prosecución y el aceleramiento de la marcha hacia su total emancipación, por la “libertad” de algunos para comerciar, hacer negocios y enriquecerse.” 

El libro termina con una descripción de la revuelta de Ucrania. Volin comienza por presentar algunos elementos de historia de esta nación, insistiendo en la tradición de independencia y libertad que se había desarrollado allí desde antiguo. Después la cronología de los hechos sigue fielmente la descripción que da Arshínov en su Historia del movimiento majnovista

jueves, 19 de abril de 2012

El poder es el Enemigo

Lo siguiente es un fragmento del Manifiesto Anarquista de Anselme Bellegarrigue:

No hay periódico en Francia que no sostenga a un partido, no hay partido que no aspire al poder, no hay poder que no sea enemigo del pueblo.

No hay periódico que no sostenga a un partido, porque no hay periódico que se eleve a aquel nivel de dignidad popular donde impera el tranquilo y supremo desprecio de la soberanía. El pueblo es impasible como el derecho, altivo como la fuerza, noble como la libertad; los partidos son turbulentos como el error, iracundos como la impotencia, viles como el servilismo.

No hay partido que no aspire al poder, porque un partido es esencialmente político y se forma, en consecuencia, de la esencia misma del poder, origen de toda política. Ya que si un partido cesara de ser político, cesaría de ser un partido y entraría de nuevo en el pueblo, es decir, en el orden de los intereses, de la producción, de la actividad industrial y de los intercambios.

No hay poder que no sea enemigo del pueblo, porque cualesquiera que sean las condiciones en las cuales se pone, cualquiera que sea el hombre que está investido de él, de cualquier modo como se lo llame, el poder es siempre el poder, es decir, el signo irrefutable de la abdicación de la soberanía del pueblo y la consegración de un dominio supremo. La Fontainelo ha dicho antes que yo: el patrón es el enemigo.

El poder es el enemigo en el orden social y en el orden político.

En el orden social:

Porque la industria agrícola, sustento de todas las industrias nacionales, es aplastada por los impuestos con que la grava el poder y devorada por la ussura (desembocadura fatal del monopolio financiero), cuyo ejercicio es garantizado por el poder a sus discípulos o agentes.

Porque el trabajo, es decir la inteligencia, es expropiado por el poder, ayudado de sus bayonetas, en provecho del capital (elemento tosco y estúpido en sí), que sería lógicamente la palanca de la industria si el poder no impidiera la asociación directa entre capital y trabajo. Y que de palanca se convierte en féretro debido al poder que lo separa de éste, poder que no paga sino la mitad de lo que debe y que, cuando no paga en absoluto, tiene -por su uso de las leyes y los tribunales-, alguna institución gubernativa dispuesta a applazar por muchos años la satisfacción del apetito del trabajador perjudicado.

Porque el comercio está amordazado por el monopolio de los bancos -del cual el poder tiene la llave- y estrechamente atado por el nudo corredizo de una reglamentación entorpecedora -producto también del poder-. Y este comercio debe enriquecerse indirectamente, en forma fraudulenta, sobre la cabeza de mujeres y niños, mientras le está prohibido arruinarse bajo pena de infamia (contradicción ésta que sería un certificado de idiotismo si no fuera porque existe en el pueblo más espiritual de la tierra).

Porque la enseñanza está cincelada, recortada y reducida a las restringidas dimensiones del modelo confeccionado por el poder, de tal forma que toda inteligencia que no lleva su marca es como si no existiese.

Porque quien no va al templo, ni a la iglesia, ni a la sinagoga, debido a la interferencia del poder paga el templo, la iglesia y la sinagoga.

Porque -para decirlo todo en pocas palabras-, es criminal quien no oye, ve, habla, escribe, piensa ni actúa tal como el poder le impone oír, ver, hablar, escribir, pensar, actuar.

En el orden político:

Porque los partidos sólo existen y desangran al país con y por el poder.

No es el jacobinismo lo que temen los legitimistas, los orleanistas, los bonapartistas, los moderados: es el poder de los jacobinos.

No es al legitimismo a quien combaten los jacobinos, los orleanistas, los bonapartistas, los moderados: es el poder de los legitimistas.

Asimismo, todos aquellos partidos a los que véis moverse sobre la superficie del país como flota la espuma sobre un líquido en ebullición, no se han declarado la guerra a causa de sus disidencias doctrinales, sino justamente a causa de su común aspiración al poder. Si cada uno de estos partidos supiera con certeza que sobre él no caerá el peso del poder de alguno de sus enemigos, el antagonismo cesaría instantáneamente, como cesó el 24 de febrero de 1848, en la época en que el pueblo, habiendo destruído el poder, desbordó a los partidos.

De ello se deduce que un partido, sea cual sea, sólo existe y es temido porque aspira al poder. Y si quien carece del poder no constituye un peligro, en consecuencia es verdad que cualquiera que tenga el poder es automáticamente peligroso; de donde queda abundantemente demostrado que no existe otro enemigo público que el poder.

Por lo tanto, social y políticamente hablando, el poder es el enemigo. Y, como más adelante demostraré que todos los partidos aspiran al poder, resulta que cada partido es premeditadamente un enemigo del pueblo.