jueves, 19 de abril de 2012

El poder es el Enemigo

Lo siguiente es un fragmento del Manifiesto Anarquista de Anselme Bellegarrigue:

No hay periódico en Francia que no sostenga a un partido, no hay partido que no aspire al poder, no hay poder que no sea enemigo del pueblo.

No hay periódico que no sostenga a un partido, porque no hay periódico que se eleve a aquel nivel de dignidad popular donde impera el tranquilo y supremo desprecio de la soberanía. El pueblo es impasible como el derecho, altivo como la fuerza, noble como la libertad; los partidos son turbulentos como el error, iracundos como la impotencia, viles como el servilismo.

No hay partido que no aspire al poder, porque un partido es esencialmente político y se forma, en consecuencia, de la esencia misma del poder, origen de toda política. Ya que si un partido cesara de ser político, cesaría de ser un partido y entraría de nuevo en el pueblo, es decir, en el orden de los intereses, de la producción, de la actividad industrial y de los intercambios.

No hay poder que no sea enemigo del pueblo, porque cualesquiera que sean las condiciones en las cuales se pone, cualquiera que sea el hombre que está investido de él, de cualquier modo como se lo llame, el poder es siempre el poder, es decir, el signo irrefutable de la abdicación de la soberanía del pueblo y la consegración de un dominio supremo. La Fontainelo ha dicho antes que yo: el patrón es el enemigo.

El poder es el enemigo en el orden social y en el orden político.

En el orden social:

Porque la industria agrícola, sustento de todas las industrias nacionales, es aplastada por los impuestos con que la grava el poder y devorada por la ussura (desembocadura fatal del monopolio financiero), cuyo ejercicio es garantizado por el poder a sus discípulos o agentes.

Porque el trabajo, es decir la inteligencia, es expropiado por el poder, ayudado de sus bayonetas, en provecho del capital (elemento tosco y estúpido en sí), que sería lógicamente la palanca de la industria si el poder no impidiera la asociación directa entre capital y trabajo. Y que de palanca se convierte en féretro debido al poder que lo separa de éste, poder que no paga sino la mitad de lo que debe y que, cuando no paga en absoluto, tiene -por su uso de las leyes y los tribunales-, alguna institución gubernativa dispuesta a applazar por muchos años la satisfacción del apetito del trabajador perjudicado.

Porque el comercio está amordazado por el monopolio de los bancos -del cual el poder tiene la llave- y estrechamente atado por el nudo corredizo de una reglamentación entorpecedora -producto también del poder-. Y este comercio debe enriquecerse indirectamente, en forma fraudulenta, sobre la cabeza de mujeres y niños, mientras le está prohibido arruinarse bajo pena de infamia (contradicción ésta que sería un certificado de idiotismo si no fuera porque existe en el pueblo más espiritual de la tierra).

Porque la enseñanza está cincelada, recortada y reducida a las restringidas dimensiones del modelo confeccionado por el poder, de tal forma que toda inteligencia que no lleva su marca es como si no existiese.

Porque quien no va al templo, ni a la iglesia, ni a la sinagoga, debido a la interferencia del poder paga el templo, la iglesia y la sinagoga.

Porque -para decirlo todo en pocas palabras-, es criminal quien no oye, ve, habla, escribe, piensa ni actúa tal como el poder le impone oír, ver, hablar, escribir, pensar, actuar.

En el orden político:

Porque los partidos sólo existen y desangran al país con y por el poder.

No es el jacobinismo lo que temen los legitimistas, los orleanistas, los bonapartistas, los moderados: es el poder de los jacobinos.

No es al legitimismo a quien combaten los jacobinos, los orleanistas, los bonapartistas, los moderados: es el poder de los legitimistas.

Asimismo, todos aquellos partidos a los que véis moverse sobre la superficie del país como flota la espuma sobre un líquido en ebullición, no se han declarado la guerra a causa de sus disidencias doctrinales, sino justamente a causa de su común aspiración al poder. Si cada uno de estos partidos supiera con certeza que sobre él no caerá el peso del poder de alguno de sus enemigos, el antagonismo cesaría instantáneamente, como cesó el 24 de febrero de 1848, en la época en que el pueblo, habiendo destruído el poder, desbordó a los partidos.

De ello se deduce que un partido, sea cual sea, sólo existe y es temido porque aspira al poder. Y si quien carece del poder no constituye un peligro, en consecuencia es verdad que cualquiera que tenga el poder es automáticamente peligroso; de donde queda abundantemente demostrado que no existe otro enemigo público que el poder.

Por lo tanto, social y políticamente hablando, el poder es el enemigo. Y, como más adelante demostraré que todos los partidos aspiran al poder, resulta que cada partido es premeditadamente un enemigo del pueblo.

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