martes, 29 de octubre de 2013

No votes, organízate y lucha!



“Si las elecciones sirvieran para cambiar algo,
estarían prohibidas.” “¡Los anarquistas no votan!” Y es cierto, cuando de sufragio
universal se trata, los anarquistas predican la abstención
revolucionaria.
El anarquista se niega a valerse de la boleta electoral para
cambiar algo o para participar de la expresión de “la voluntad
del pueblo”, porque sabe que esas dos ilusiones son enormes
engaños constitutivos de la democracia representativa.

La gente honesta y simple debería saberlo y no lo sabe. Un
espíritu libre no puede dejar de sorprenderse viendo alrededor
suyo que, incluso cuando se abusa de él y se lo engaña periódicamente,
la confianza del elector sobrevive a las decepciones
repetidas y a sus propias y cotidianas lamentaciones (Sébastien
Faure), y, como un lamentable Sísifo, el elector continuará votando
cuando el poder político le pida que lo haga.
Sabemos que nuestros argumentos son fuertes pero la razón
no es suficiente. El hábito y la costumbre se imponen por sí
mismas por la única razón de que el ciudadano los encuentra
ya en el tejido social; los recibió al nacer, y seguirá la ley que el
poder le dio.

“Entonces, las leyes, escribió Montaigne, mantienen su crédito
no porque son justas sino porque son leyes. Éste es el fundamento
místico de su autoridad; no tienen otro3”.
El régimen de representación parlamentario despoja al
pueblo de su capacidad de hacer o de establecer sus propias
normas. Ya durante la Revolución, en el origen de la República,
la burguesía jacobina se opone al derecho de las secciones
a tener asambleas permanentes. “Si las asambleas primarias
–dice Robespierre– son convocadas para juzgar cuestiones
de Estado, la Convención resultará destruida”. Palabras
que suscitarán el siguiente comentario de Proudhon:
“Está claro. Si el pueblo se convierte en legislador, ¿para qué
sirven los representantes? Si gobierna por sí mismo, ¿para
qué los ministros?”.

Pero el gobierno es necesario, se nos dice, para mantener el
orden en la sociedad y para asegurar la obediencia a la autoridad,
incluso si ese orden y esa obediencia consagran “la subordinación
del pobre al rico, del villano al noble, del trabajador
al patrón, del laico al sacerdote”. En síntesis, el orden estatal
es jerarquía social, la miseria para la mayoría, la opulencia
para unos pocos.

La democracia representativa, que descansa sobre el sufragio
universal, no puede más que confortar este orden. Bakunin
pensaba que “el despotismo gubernamental no es nunca tan
temible y tan violento como cuando se apoya sobre la pretendida
representación de la pseudo voluntad del pueblo5”.
¿Pero por qué el sufragio universal no puede expresar más
que una pseudo voluntad? Porque encierra tres ficciones, tres
verdaderas “trampas para tontos”:

I. Un individuo (un ciudadano o ciudadana), un voto. La
igualdad numérica de la institución colectiva que es el
sufragio universal lleva a construir diversas unidades
abstractas –mayoría, minoría, abstencionistas– a partir
de un orden serial que separa y que aísla a los individuos
concretos y reales. Esos individuos son los agentes de
prácticas sociales diversas, integran grupos sociales, forman
parte de una red de relaciones afectivas y cognitivas
de trabajo y de ocio, y esos grupos arrastran enormes
desigualdades frente al saber, las posibilidades de información,
el dinero. La unidad abstracta y artificialmente
construida que emana de las urnas sirve así solamente
para desempatar, a menor costo que la lucha abierta, la
confrontación entre los diferentes grupos políticos y económicos
de la clase dominante en su lucha por controlar
el gobierno, los partidos políticos, los mass-media, la
circulación de capitales. Las oligarquías “representativas”
que conocemos en el mundo industrializado bajo
la denominación de “regímenes democráticos” se apoyan
sobre esta pseudo voluntad popular –resultado de
la igualación o uniformización impuesta en la abstracción
numérica por medio del sufragio universal– para
mantener la jerarquía social y la apropiación capitalista
del trabajo colectivo.

II. La elección del elector recae, en la práctica, sobre candidatos
seleccionados previamente por los partidos políticos.
Esos candidatos –salvo en las elecciones municipales
de ciudades pequeñas– ya han hecho, por las exigencias
institucionales de esos mismos partidos, una larga
carrera política; fueron preseleccionados, y no se ve de
qué manera alguien rebelde o reacio franquee los primeros
escalones de semejante camino y pueda continuar su
carrera. Son los partidos los que eligen a los “represen
tantes del pueblo”, y son ellos quienes solicitan a los
electores sus votos.

La voluntad del pueblo, una vez reducida a una unidad
numérica –el pueblo no delibera y no decide, son sus
pretendidos representantes que lo hacen por él– tiene,
para expresarse, la posibilidad de optar en última instancia
entre dos o tres personajes políticos, y elige, como
se dice, el mal menor. Elegir el mal menor es, en buena
lógica, elegir siempre el mal. ¿Y se puede hacer como si
se creyera que eso es la voluntad del pueblo?

III. La representación que emana del sufragio universal es
una delegación global del poder del elector (de su capacidad
de decidir) sobre la persona del representante durante
el tiempo del mandato. Ya se han olvidado las pretensiones
de los miembros de las secciones de París en
1789, que ordenaban a sus delegados conformarse a las
voluntades de las asambleas primarias. Se olvidó el mandato
imperativo o controlado. Se olvidó la revocabilidad
en todo momento del delegado. Las “asambleas primarias”
pertenecerán de ahora en más a los partidos políticos
(si se puede continuar llamando así a esas reuniones
convocadas por los “caciques”).

El pueblo, considerado menor, está bajo tutela. Eligió su
amo. Y se calla la boca hasta la próxima convocatoria del poder
político.

Se llama democracia representativa o indirecta a esta institución
en la cual la voluntad del pueblo fue escamoteada por la
alquimia del sufragio universal.
El anarquista no quiere actuar en la comedia. No se pliega
frente a la autoridad institucional.

“¡Los anarquistas no votan!”

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